Acerca de Videla, Firmenich, Perón y… lo que Michetti no debió decir

Es inevitable que exista una revisión del relato gubernamental sobre la guerra antiterrorista que comenzó el general Juan Perón y continuaron los militares golpistas: la versión K es tendenciosa y no sirve para reconstruir la sociedad. No falta mucho para diciembre de 2015, considerando lo lejos que está mayo de 2003. Aquí una crónica y reflexión indispensable para intentar buscar un equilibrio:

15/04/2014| 08:58

firmenich-peron-videla

por EUGENIO MONJEAU

 

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Bonk). Ayer (por el jueves 10/04) fue el estreno del Diálogo, de Pablo Racioppi y Carolina Azzi, en el Bafici. La película consiste en una hora y media de charla entre Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis.

 

Leis vive en Florianópolis. Hacia allí se trasladaron Fernández Meijide y el equipo de producción para filmar la película, porque él está en silla de ruedas, víctima de una grave enfermedad degenerativa (sobre la que se explaya en su último libro, Memorias en fuga, condenado en la Argentina al silencio más insoportable).

 

El libro anterior de Leis, su Testamento, fue publicado en este sitio por entregas, y luego como libro por la editorial Katz de Buenos Aires. La mayoría de las cosas que Leis dice en la película ya estaban en alguno de esos dos libros. Algunas son realmente geniales, y el hecho de verlas en cámara, dichas por él mismo, las vuelve todavía más reveladoras. Por ejemplo:

 

1) La Argentina está fabricándose el más insólito y terrible de los problemas: está transformando a los antiguos verdugos, a los perpetradores de los crímenes más aberrantes, a los militares como Videla, en víctimas. Videla debería haber muerto en su casa, dice Leis. Murió solo, en la cárcel. Fernández Meijide (que tiene un hijo desaparecido, Pablo) piensa lo mismo: ningún mayor de 70 años debería estar privado de atención médica y de la compañía de su familia, si la tiene. Con un policía en la puerta, como indica el arresto domiciliario (cuya reglamentación en la Argentina, recordamos, indica que la edad es una “condición objetiva del sujeto” y no requiere mayor interpretación). En fin: la transmutación del peor criminal en una víctima es algo innecesario, de consecuencias nefastas, y que podría evitarse más o menos fácilmente.

 

2) La diferencia de responsabilidad entre las cúpulas y las bases es algo obvio, indiscutible; su negación es contraintuitiva. Leis hace referencia a un movimiento doble: en la Argentina, la culpabilidad de las cúpulas militares sirvió para condenar también a las bases, mientras que la inocencia de algunas de las víctimas sirvió para perdonar a las cúpulas montoneras. Como Firmenich era el jefe supremo de un grupo que incluyó a muchísimas víctimas, él se volvió una víctima; como Videla era el jefe supremo de un grupo que incluyó a muchísimos inocentes, ellos se volvieron culpables. Esto ya estaba dicho en uno de los mejores párrafos del Testamento:

 

“Existe una fuerte dosis de cinismo cuando una sociedad juzga las acciones de un bando de acuerdo con un presupuesto y a las acciones del bando contrario de acuerdo con otro. En otras palabras: dos varas y dos medidas son la peor receta para hacer justicia, desde que nuestros ancestros salieron de las cavernas. Si hay amnistía, debe existir para todos; si hay juicios de responsabilidad individual, deben existir igualmente para todos. La memoria histórica que justifica la aplicación del paradigmamarxista-colectivista para disculpar a los revolucionarios y del liberal-individualista para culpar a los militares no es inocente: es intencionalmente perversa con la comunidad como un todo.”

 

Leis también dice cosas que no me parecen estar tan justificadas. En particular, su insistencia en que los de la dictadura no fueron crímenes contra la humanidad. En su Testamento, Leis objeta la categoría misma de “crimen contra la humanidad”, pero en esta película dice, con absoluta sensatez, que reclutar menores de quince años, como hicieron los Montoneros, es un crimen de lesa humanidad. Estoy de acuerdo, pero si esto es cierto, también lo es, por ejemplo, respecto del robo de bebés (o del secuestro de menores, para el caso).

 

Las consecuencias de esa clasificación son importantes: los crímenes contra la humanidad no prescriben; esa es la principal razón, en líneas generales, por la que hoy los militares están siendo juzgados. En el año 2003, apenas comenzado el gobierno de Néstor Kirchner, el Congreso de la Nación derogó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final mediante una nueva ley. En el año 2005, la Suprema Corte de Justicia de la Nación refrendó esa derogación, en uno de los fallos más importantes de la historia judicial argentina. Como consecuencia de todo esto, la situación jurídica se retrotrajo al momento previo a la sanción de las llamadas “leyes del perdón”. Luego, en el año 2007 la Corte anuló uno de los indultos de Menem. La corte prosiguió con los demás indultos a los jefes y funcionarios militares involucrados en la represión ilegal. Para la Corte, los de los Montoneros, el ERP y los carapintadas no fueron, en cambio, crímenes de lesa humanidad, por lo cual no se anularon los indultos correspondientes.

 

Otra de las hipótesis polémicas de Leis es que el gobierno militar tuvo legitimidad para “hacer lo que hizo”, aunque lo haya hecho de la peor manera posible. Esto motivó las preguntas de algunos miembros del público cuando terminó la película. La respuesta de Racioppi fue clara y explicó un poco a Leis: dada la situación de guerra civil que se vivía en la Argentina entre 1973 y 1976 (un gobierno constitucional), el Estado argentino tenía legitimidad para buscar su propia estabilidad (en la Argentina, el golpe militar era la opción más evidente, después de que hubiera habido tantos otros). Dicho brevemente y de acuerdo a lo que dice Leis: mientras que los Montoneros no tuvieron legitimidad para tomar las armas contra un gobierno constitucional, el golpe militar tuvo legitimidad como tal, pero no, luego, para cometer todos los crímenes que cometió. Leis podría decirlo tan sucintamente como eso y no lo hace; es natural que en muchos produzca estupor.

 

Fernández Meijide relata una anécdota que pone en evidencia lo que la dictadura podría haber elegido hacer y no hizo: cuando los Montoneros estaban por llevar a cabo una de las dos contraofensivas, la Embajada de los Estados Unidos estaba al tanto de que eso iba a ocurrir, y de lo que planeaba hacer la dictadura al respecto (masacrar a todo el mundo). Los Estados Unidos le dijeron a la Argentina: “Oigan, ¿por qué no los agarran a todos, los juzgan públicamente por venir armados a hacer actos subversivos y los condenan?”. Eso, dice Fernández Meijide, hubiera sido no solo lo correcto, sino que además hubiera puesto a los organismos de derechos humanos en el aprieto gigante de tener que contratar abogados para defender a personas que estaban haciendo algo obviamente ilegal. Sin embargo, los militares no hicieron eso: siguieron adelante en la locura de la violencia. En el diagnóstico de que la violencia es imparable una vez comenzada coinciden Leis y Fernández Meijide.

 

Muchas otras ideas se conversan en la película. En un punto, esta película podría haber sido un libro o una entrevista larga. Pero El diálogo busca transmitir otra cosa además de ideas. La intensidad con que estas dos personas vivieron todo lo que pasó, con que lo pensaron luego y con que hoy pueden decirlo. Las escenas más duras de la película fueron para mí aquellas en que el plano estaba fijo en la cara de ellos dos conmovidos por algo que alguno de los dos había dicho o por alguna imagen o video que hubieran visto. La película recurre al inteligente dispositivo de que Leis y Fernández Meijide vean juntos distintos videos y digan lo que les viene a la mente a partir de eso. Nosotros, en cierta medida, vemos los videos con ellos. Podemos suponer, incluso, que nuestras reacciones se parecen.

 

Por ejemplo: inmediatamente después de haber mostrado el juicio a las juntas, de que Leis hubiera escuchado atentamente el relato de Fernández Meijide, presente en la sala, sobre su conmoción cuando un juez civil les ordena a los militares que se pongan de pie, Racioppi y Azzi los someten a ellos dos y a nosotros mismos a escuchar el discurso en el que Néstor Kirchner pidió disculpas por los veinte años de olvido respecto de los crímenes de la dictadura, como si el juicio que acabábamos de ver no hubiera existido. Esa yuxtaposición de imágenes y de discursos es una de las objeciones más drásticas, indiscutibles y enervantes que se hayan formulado jamás contra el kirchnerismo. Estar acompañados por Leis y Meijide a la hora de constatarlo no hace sino darle todavía más fuerza al pronunciamiento claramente político de los directores. Yo estaba esperando que Leis, el más provocador de los dos, largara un: “Qué tipo hijo de puta”, que es lo que el 90% de la sala debe haber dicho para sus adentros.

 

Es que es obvio: entre el público de ayer, seguramente hubiera muy pocos kirchneristas. Tengo la esperanza de que un material de esta naturaleza puede llegar a operar una conversión en mucha gente; pero creo que la gente que necesitaría esa conversión va a elegir, sabiamente, no ver la película. No sé cómo debe ser militar durante diez años en el kirchnerismo y después tener que ver a tu Líder Espiritual mintiendo de un modo tan descomunal sobre algo tan relevante.

 

Como sea, aun para los antikirchneristas, o para la gente que comparte la visión de Leis o de Meijide sobre la década del 70, la película es terapéutica. Salimos todos entendiendo un poco más sobre esa parte de la historia, pero también pensando que, después de todo, tan locos no estábamos cuando pretendíamos que los militares pudieran estudiar en la UBA o tuvieran el beneficio del arresto domicilario. Dentro del proyecto terapéutico general, ciertas escenas intermedias de pura naturaleza ayudan a soportar el transcurso de la película. En general, luego de una escena muy intensa, Racioppi y Azzi filman el mar o la luna, un bálsamo irremplazable. Por eso me parecieron buenos esos planos, porque hacen más vivible una película muy dura. Creo que la película es antes que nada un panfleto, si se puede usar este término para cuestiones tan complejas y sobrecogedoras, pero es el panfleto que yo repartiría.

 

Quizás, de hecho, en unos años haya que exiibir El Diálogo en las escuelas secundarias. En ese sentido, me alegra que el gobierno de la Ciudad haya decidido apoyar esta película, y haya promovido el libro de Leis también, cuando tuvo ocasión de hacerlo (nota al margen: conocí a Pablo Racioppi y Laura Alonso en el mismo momento, un día en que había una reunión de liberales en el Teatro Colón; estaba Mario Vargas Llosa, por ejemplo, después de unos simposios que habían hecho en Rosario. Yo estaba haciendo la prensa del Testamento; Alonso, fascinada con el libro, me dijo que tenía que dárselo a Racioppi, así que su buena gestión está en el origen de todo esto). Si el Estado nacional, el kirchnerismo, defiende una visión tan espantosa de lo que pasó en los 70, está bien que una fuerza que se pretende opositora defienda una visión distinta (superior). La oposición tiene que dejar de hacerse la pelotuda en la llamada “batalla cultural”. La Legislatura de la Ciudad votó por unanimidad que la calle Inglaterra pasara a llamarse 2 de Abril. ¿De los 60 legisladores nadie pensó que esto estaba mal? Obviamente sí, y no lo dijo. Esto tiene que cambiar. Espero que esta película sea uno de los primeros pasos en esta dirección.

 

En el contexto de esta disputa irrenunciable, el título de la película no es bueno. En la película se ve a dos personas que están de acuerdo en el 90% de las cosas que dicen. Seguramente, luego de una semana de charlas, debe haber habido muchos más desacuerdos que los que están en pantalla, y es una pena no conocerlos, pero lo cierto es que no podría existir esta película si uno hubiera sido Leis y el otro Eduardo Jozami, que dijo que el 24 de marzo de 2003 fue el día más significativo de toda su vida política. Como si lo que faltara es diálogo con el kirchnerismo. Falta todo lo contrario. Falta oposición. Faltan más películas como esta. La idea de que fallamos en el diálogo iguala en responsabilidades a las dos personas que deberían dialogar y no lo están haciendo. ¿Qué diálogo es posible con este gobierno? Hay una parte aquí que tiene todo el poder y que debería habilitar las condiciones para ese diálogo mientras hace todo lo contrario. Las falencias de la oposición o de quien sea se vuelven completamente irrelevantes ante esa determinación estatal a que haya una sola voz.

 

En el estreno ayer estaban varias figuras de primera línea del macrismo, como Lombardi, Dietrich, Alonso y Michetti. Lombardi habló, dos veces, antes de la película, para presentarla, y después, para hacer un breve comentario. Michetti también habló. No debería haberlo hecho. No porque dijera una cantidad insuperable de banalidades (cosa que hizo), sino porque su alocución transformó una película que podemos entender como parte de una política cultural de Estado en, al menos por un momento, un acto partidario. Nada de lo que dijo fue interesante, ni ocupa ninguna posición que la acerque naturalmente a hablar después de una película como esta. Debería, por pudor al menos, haberse abstenido. No hacerlo es, finalmente, una versión, mucho más morigerada pero también molesta, de algo que Leis, Fernández Meijide, la película, sus directores, el Bafici mismo combaten: el uso de de la historia reciente para saciar apetitos políticos.

 

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